Los primeros días de Donald Trump al frente de la Casa Blanca han retratado con obscena claridad e insólita rapidez las posiciones que unos y otros van a adoptar ante lo que se avecina. Las caretas han caído pronto y han dejado al desnudo que el miedo, el egoísmo y los intereses económicos serán los únicos principios que guíen a la mayoría de países en su relación con los Estados Unidos de Trump. Si alguien esperaba que se apuntalaran alianzas multilaterales en defensa de los valores democráticos, los derechos humanos y la solidaridad con los países amenazados por las atrabiliarias obsesiones del multimillonario, estaba equivocado.

Lamentablemente, Canadá es un ejemplo claro. Los “Three amigos” que se reunieron en Ottawa en junio han pasado a ser los “Three conocidos” tan pronto como las cosas se han puesto mal. Y ha sido muy pronto. En las últimas horas el gobierno canadiense por boca de diversos portavoces ha dejado claro que también abraza la “doctrina Trump” y que primero será Canadá y después lo demás. Ante el anunció de la revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), una fuente oficial canadiense ha señalado a la agencia Reuters en las últimas horas que “queremos a nuestros amigos mexicanos, pero nuestros intereses van primero”. Es decir: “Canada first”. Los cambios que vengan afectarán sobre todo a México. Las declaraciones han sido ya interpretadas como el anuncio del final del TLCAN y el inicio de una nueva etapa en la que Canadá buscará primero salvar sus muebles en el envite con Trump. Es la misma posición que han adoptado los grandes fabricantes del automóvil y otras multinacionales, que han optado por doblegarse súbitamente ante las amenazas del nuevo inquilino de la Casa Blanca para evitar males mayores.

Aunque resulta legítima la posición de Canadá –sería ingenuo pensar que cualquier país pusiera en riesgo sus intereses por defender los de terceros-, produce inquietud la rapidez y facilidad con la que ha replanteado su posición tradicional respecto a asuntos claves de su política económica e internacional. La misma fuente oficial que ha hablado con Reuters, que no ha sido desvelada por la agencia británica de noticias, ha descrito de manera ilustrativa y con ciertas dosis de cruel cinismo la situación actual: “México está colgado por los pies de una ventana de un rascacielos. Está en una situación terrible. Nosotros no”. Se deduce, por lo tanto, que la ansiedad que provocan los erráticos y caóticos planes de Trump ha derivado en un estado de estupor general que ha empujado ya a muchos países a un “sálvese quien pueda¨ o, lo que es peor, a una adaptación de los análisis a la nueva realidad.

David MacNaughton, embajador canadiense en Washington, señaló este domingo que el primer objetivo de su administración es evitar que Canadá tenga “daños colaterales” en las acciones comerciales que pueda emprender Trump hacia China y México. “Cooperaremos en asuntos trilaterales cuando sea de nuestro interés y estaremos buscando hacer cosas que sean de nuestro interés también bilateralmente. Algunos de ellos pueden estar dentro del TLCAN, algunos quizá no“, afirmó el diplomático.

Tony Keller, columnista de The Globe and Mail, escribe en la edición de hoy que “el final del TLCAN no es algo bueno. Sin embargo, si la administración de Trump se detiene allí, significaría un gran golpe para México, pero un golpe relativamente pequeño para la economía canadiense”. Cuando el análisis de los expertos se enfoca en la magnitud de la pegada y no en la vileza de quien lo asesta, se acaba aceptando como natural el cambio de paradigma, aunque venga impuesto por una fuerza más poderosa. El prestigioso historiador y periodista mexicano Enrique Krauze afirma hoy en El País con su habitual lucidez que “tenemos que tomar consciencia plena de la magnitud del problema. Con Trump, nos enfrentamos a un cambio de paradigma. El que había se ha roto y hay que buscar uno nuevo. Esto puede terminar en una guerra en todos los sentidos, salvo el militar”.

Trump citó hace unos días a Hitler para referirse a los informes que habían realizado los servicios de inteligencia estadounidenses sobre la implicación de Rusia en la campaña electoral presidencial de los Estados Unidos. “Eso lo hacía la Alemania nazi”, dijo. Es curioso que un tipo que ha mostrado desde el principio de su carrera política una arrogancia ilimitada y un desprecio recalcitrante hacia cualquier minoría (mexicanos, musulmanes, inmigrantes ilegales, negros, homosexuales…), hable de Hitler. El escritor austriaco Stefan Zweig dejó escrito en “El mundo de ayer” un testimonio impagable de los convulsos años de la Europa de entreguerras. Es la aguda visión de un intelectual cosmopolita y sensible que divisa el crecimiento del monstruo, alerta de su voracidad y lo denuncia infructuosamente. Zweig arrastró su condición de judío en una permanente huida que lo llevó a Brasil, donde murió en 1942.

Sería un error establecer paralelismos entre aquella Europa que retrata Zweig y la nueva época que se abre con Trump en el poder. Pero es cierto que existen algunas analogías que invitan al análisis y que, sobre todo, producen inquietud. Aquella reivindicación del “espacio vital alemán”, que determinó la política internacional de Hitler tendría hoy su traducción en el “American first”. No hay una amenaza bélica pero sí un mismo discurso supremacista, xenófobo, violento y amenazante. Las consecuencias económicas de sus decisiones pueden arrastrar a millones de ciudadanos de su propio país y de otros a una pobreza de consecuencias dramáticas. Es un belicismo económico.

Zweig recuerda en su libro que “nada envenenó tanto al pueblo alemán –conviene tenerlo siempre presente en la memoria-, nada encendió tanto su odio y lo maduró tanto para el advenimiento de Hitler como la inflación”. La economía fue entonces, como ahora, el combustible que atizó el descontento de millones de ciudadanos que decidieron abrazarse al discurso populista de un salvapatrias. El escritor apuntaba también que “tal vez nada demuestra de modo mas palmario la terrible caída que sufrió el mundo a partir de la Primera Guerra Mundial como la limitación de la libertad de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad”. Este movimiento nacionalista que en nuestros días se extiende por Europa desde Reino Unido hasta Austria y salta a Estados Unidos no es nada nuevo ni revolucionario, es una vuelta al pasado mas oscuro de la civilización occidental.

Las declaraciones y acciones de los políticos canadienses durante los últimos días recuerdan al trémulo primer ministro británico Arthur Neville Chamberlain, cuando tras firmar en 1938 el Pacto de Munich regresó a Londres convertido en un héroe nacional porque había apaciguado a la bestia y salvado la paz. Pocos días después se filtraron los detalles de aquel ignominioso acuerdo firmado con Hitler y Mussolini por el que se concedía a Alemania el derecho a apropiarse de una parte de Checoslovaquia. Era el inicio de la expansión territorial alemana que conduciría a la Segunda Guerra Mundial

Cuenta Zweig que en aquellas dramáticas horas, cuando Hitler había mostrado ya su verdadero rostro, los británicos, entregados durante siglos a la noción de derecho por su tradición democrática, “no podían o no querían reconocer que a su lado se instalaba conscientemente una nueva técnica de cínica amoralidad y que la nueva Alemania anulaba todas las reglas de juego vigentes entre los pueblos y en el marco del derecho tan pronto como las encontraba incómodas”. ¿Les suena?

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